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TÁNGER
1933-1960 A
la urbe marroquí marcharía en pos de nuevas perspectivas profesionales
y de temas exóticos y sugestivos. La seducción por el orientalismo, así
como el encanto y pintoresquismo de la población o la espléndida
belleza de sus alrededores, sin olvidar su clima y luminosidad mediterráneos,
lo decidirían a trasladarse a Tánger. En
su resolución de afincarse allí también contarían las grandes
posibilidades de trabajo y clientela, derivadas de las especiales
características y del régimen de protectorado europeo de la ciudad. La
belleza de su bahía, el exotismo de la Medina y la vitalidad de la urbe,
en la que al lado del bullicio y animación de sus calles y plazas, al
mismo tiempo se podía disfrutar de serenos rincones y agradables
remansos de paz, cautivaron al pintor inglés. Tánger, por su sol, sus
paisajes y el tipismo de la ciudad y de sus gentes, constituiría el
tercer deslumbramiento del artista, después de los de Italia y Granada,
hallando en ella la misma acogida fraternal que se le había dispensado
en Andalucía.
En
ese rincón silencioso y amable del Marshán, desde las alturas de su
taller abierto al norte (un estudio que emanaba una impresión de
equilibrio y serenidad, amueblado con piezas antiguas y objetos de arte)
posarían numerosísimos personajes célebres y residentes tangerinos. Figura
muy popular entre la población, por su amabilidad y alegría de vivir,
durante todos esos años sería considerado como el más afamado y
representativo de los pintores de la ciudad, participando activamente en
la vida social y cultural de la misma. Apperley
gustaba de recorrer los antiguos barrios musulmanes con sus laberínticas
callejas de casas blancas y bazares, sus alminares y animadas plazas de
mercado como el popular “Zoco Grande”. Igualmente, se le podía ver
dando su acostumbrado paseo matinal por el bulevar Pasteur, haciendo
gala de su proverbial optimismo y vitalidad. Otras
rutas que le atraían profundamente eran los alrededores de la población,
muy particularmente las Grutas de Hércules y el Cabo de Malabata, a
cuyo mirador solía acudir frecuentemente para contemplar la espléndida
puesta de sol. En
la década de los cuarenta, Apperley intensificará su dedicación pictórica,
desarrollando una febril actividad al aumentar progresivamente sus
retratos al óleo. Una
de sus exposiciones más completas y ambiciosas, se celebraría en 1940
en el Salón de fiestas del Grupo Escolar José Antonio. La muestra,
patrocinada por el Ministerio de España, D. Manuel Amiera, como tributo
a la amistad y españolismo del pintor, sería inaugurada con gran
brillantez, contando con la asistencia del alto comisario español en
Marruecos, general Asensi, el ministro de Gran Bretaña, Mr.Gascoigne,
el obispo de Gallipolí y otras muchas personalidades extranjeras y
marroquíes. Además de ponerse de manifiesto la madurez artística de
Apperley, el público cosmopolita de Tánger pudo apreciar la diversidad
temática de las noventa obras expuestas, sobresaliendo sus expresivos
retratos de tipos morunos y sus bellísimas figuras de mujer. De entre
otras muchas exposiciones en la ciudad marroquí, destacan la celebrada
en 1944 en el Hotel Minzah, bajo el patrocinio del cónsul general de
Gran Bretaña en Tánger y la del año 1949 en el local de la Biblioteca
Pública Española, sita en el bulevar Pasteur.
Como
muestra de su completa identificación con Tánger, desde la prensa
local se pide a las autoridades se bautice la calle donde vive el pintor
con su nombre. A este respecto podía leerse en el semanario Cosmópolis
(4 de Febrero de 1953) lo siguiente: “Apperley vive en Tánger desde
hace veinte años por lo cual puede y debe ser considerado como un
perfecto tangerino. Su obra es prestigiosa para la ciudad. La calle
donde vive no existía cuando él llegó. Puede decirse que a él se le
debe porque él fue el primero a vivir a aquellos lugares. Dicha calle,
callejón mejor dicho por sus dimensiones, lleva de hecho su nombre
otorgado por los vecinos automáticamente porque su casa es punto de
referencia para el correo. Sin nombre alguno de calle, los vecinos dan
sus señas y así llegan las cartas, valiéndose del sistema de indicar
“enfrente de la casa de Apperley” o bien “a la derecha de la casa
de Apperley”, a la izquierda de la casa de Apperley, y así por el
estilo”. Durante
todos estos años, el pintor lleva una vida sencilla y de trabajo, que
no excluye sin embargo las relaciones sociales, recibiendo en su villa
del Marshán a gran número de turistas y aficionados al arte que acuden
a admirar sus obras. En
sus últimos años y a pesar de su avanzada edad, Apperley se encontraba
muy activo, preparando ilusionado nuevo material para sus próximas
exposiciones. Todavía celebraría algunas muestras importantes, como
las montadas en el Nuevo Club (1952), Hotel Rembrandt (1957) y otras en
Granada y Barcelona. Apperley
fallecería en su residencia del Marshán a consecuencia de una
hemorragia cerebral en la mañana del 10 de Septiembre de 1960, a los
setenta y seis años de edad. Puede decirse que murió casi con los
pinceles en la mano, ya que hasta unos días antes había continuado
trabajando en un retrato de familia. Fue enterrado esa misma tarde en el
cementerio británico de Saint Andrews. Allí, bajo unos viejos árboles,
al pie de la torre cuadrada del “Temple” y no lejos del bello
minarete de la mezquita de Soussa, en una sencilla tumba cavada bajo una
higuera, descansaría para siempre el gran pintor. Enriqueta,
su viuda, la que había sido su musa e inspiradora de su obra, no pudo
por sus muchos recuerdos, continuar viviendo en su mansión tangerina y
regresaría poco después a su casa de Granada hasta su fallecimiento en
1980.
© 2000 Apperley Art
(UK). |